9 sept. 2012

Random de la semana: "El mejor amigo"

En internet me he encontrado con muchos cuentos maravillosos, cuentos que cualquiera pudo haber escrito, pero que no cualquiera puede llegar a leer. Por eso, en esta ocasión les traigo un cuento que fue escrito por una chica más común que corriente, y que plasma muy bien una realidad que a veces creemos que sólo existe en las comedías románticas: 







El señor estaba siempre sentado en la banquita de madera frente al pórtico de la casa y en su cara siempre estaba la misma mueca de asco mientras masticaba quién sabe qué cosa, haciendo un ruido desagradable que, por fortuna, solo su perro tenía que escuchar. No había mucho más a la vista en la entrada de esa vivienda, algunas vigas que se caían de viejas, una llanta inservible recargada en el lado derecho de las escaleras y un montón de pasto crecido y amarillento del que nadie se encargaba. Faltaban unos quince minutos para que su hija llegara, calculó el señor. No le agradaba la idea, pero así eran las cosas desde hace un par de años. Cada martes de la primer semana del mes,  la hija del señor llegaba a las tres de la tarde, le dejaba en la mesa un montón de trastes con comida, le vaciaba las bolsas con vegetales, leche huevo y mantequilla que llevaba consigo en el viejo refrigerador, ponía algunas latas en la alacena y fregaba la montaña de platos que se amontonaban sobre la tarja de la cocina. Después de casi una hora, salía de la casa, se despedía del señor y subía al auto.

Cuando el señor veía que su hija estaba ya lo bastante lejos del camino, entraba a la casa, iba directo a la cocina y sacaba de uno de los trastos un guisado de aspecto desagradable, con pinta de carne, y lo ponía en el plato del perro.
Marcelo, el perro, olfateaba con recelo el plato en el piso, después de unos minutos, comenzaba a mordisquear el contenido de éste con un dejo de resignación.

            —Pero si te doy la mejor parte, perro idiota.

Luego de comer, el señor y el perro regresaban a la banca, se quedaban sentados viendo el camino frente a la casa, ahí permanecían hasta que el sol se había ocultado y el frío los obligaba a entrar a la casa. Los días siguientes a la última visita de la hija del señor, fueron muy duros, él cayó enfermo debido al mal tiempo y a que no había almacenado suficiente leña para mantener la chimenea encendida durante la época de frío que se avecinaba. Ningún vecino iba a notar la ausencia del señor en la banca, además de que no era precisamente popular entre la comunidad y que su casa era la más alejada del centro del pueblo. Marcelo se sentó por días al pie de la cama, mientras el señor tosía y se quejaba. Era casi la fecha en la que la hija iría nuevamente a casa de su padre, cuando el señor murió en la cama acariciando la cabeza de su perro.

Cuando la hija del señor llegó el siguiente martes, encontró a su padre en la cama. Después de unos minutos, hizo algunas llamadas a sus familiares y salió de la habitación. Marcelo estaba sentado al lado de la banquita, la hija, al salir de la casa, le dio una patada y le dijo que se largara. El funeral fue en una capilla pequeña situada en el panteón de la ciudad, ahí mismo cremaron al señor y depositaron sus cenizas en una urna que fue sorteada entre todos los hijos del señor.

Días después la hija recibió una llamada, era el abogado que había prestado sus servicios al señor mientras éste aún era dueño de la fábrica de hule. Le informó, con palabras más o palabras menos, que su padre había dejado un testamento y que tenían que verse para hacer la lectura.

—Claro, pero mire, verá usted, con ese asunto del funeral y todo eso, he perdido algunos días en el trabajo, se me complica mucho desperdiciar un día más.
—Ya, bueno, creo que es importante, entre más rápido hagamos esto, le daremos velocidad al papeleo y usted y sus hermanos podrán recibir los bienes que…
—¿De veras cree que mis hermanos o yo estamos interesados? Desde que mi padre quedó en bancarrota…
—¿Es una broma? El señor no estaba en bancarrota, señorita, su padre solo decidió retirarse y dejar al mando de la fábrica a uno de sus empelados de confianza, se fue a vivir a la pequeña casa para poder descansar, la suma que dejó su padre en herencia es enorme y…
—Sí, eeeh, claro, disculpe, estaremos ahí mañana mismo.

Al llegar a la cita, los cuatro hijos del señor estaban muy nerviosos y un tanto incrédulos. La lectura del testamento se hizo, había dejado propiedades, papeles de la fábrica y una cuenta de muchos ceros en el banco. Cuando los hijos salieron del despacho, todos corrieron a buscar al perro. 

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