26 jun. 2013

Poema de la semana: Teoría y alucinación de Dublín - José Hierro

Hace tiempo noté que me encontraba envuelta en una neblina inmóvil y densa.
¿Que cómo lo supe? La idea de explorar el mundo no me provocaba revuelo, conversar me parecía un simple intercambio de sonidos, ya ni el recuerdo de lo que antes me apasionaba lograba embestirme con algún sentimiento.  Esa necrosis comenzó a invadir mi memoria: los fantasmas del pasado aparentemente perdieron su conexión conmigo. La muerte, el tiempo, el dolor, todo se fue flotando como corcho como si para mí ya no tuvieran peso.Pero definitivamente mi insensibilidad alcanzaba su máxima expresión cuando yo me encontraba frente a algún poema. 
¿Qué sentido tenía ese hilvanado de ideas extranjeras cortado en pedazos absurdamente desiguales? ¿Porqué esa fijación en el amor? Yo no lo había sentido nunca (O eso me hacía creer, pues ya dije que mi memoria resultó herida) ¿Qué necesidad de trenzar dos conceptos sin afinidad de por medio? 




¡¿Porqué el poema?!

Debía haber algo, algo debía quererme decir el poeta con su obra. El poema en sí me exasperaba por lo difícil que me resultaba conectarme con él, por inalcanzable y lejano. Pero por eso mismo era intrigante ¿Y no me había ya demostrado la humanidad que tras una manifestación fantástica siempre había una pasión igualmente fascinante? 
Me puse ese cuestionamiento en la mano y salí a cazar magia.


Ayer estaba buscando un poema de José Hierro en internet. Quería publicarlo aquí y contar su curiosa relación conmigo: había tropezado con él en un periódico y sus versos hablaban de lo que yo estaba percibiendo en ese mismo instante. Fue como encontrarse un espejo en el suelo, imagino que les ha pasado.
Lo encontré en una antología de este autor español y lo leí con mucho gusto: estaba saludando a un amigo que no veía hace tiempo. Al terminar de leerlo continué con el siguiente para ver qué más deparaban las palabras del poeta. ¿Lo adivinan? La historia se repitió. 




I
Teoría

Un instante vacío

de acción puede poblarse solamente
de nostalgia o de vino.
Hay quien lo llena de palabras vivas,
de poesía (acción
de espectros, vino con remordimiento).

Cuando la vida se detiene,

se escribe lo pasado o lo imposible
para que los demás vivan aquello
que ya vivió (o que no vivió) el poeta.
Él no puede dar vino,
nostalgia a los demás: sólo palabras.
Si les pudiese dar acción...

La poesía es como el viento,

o como el fuego, o como el mar.
Hace vibrar árboles, ropas,
abrasa espigas, hojas secas,
acuna en su oleaje los objetos
que duermen en la playa.
La poesía es como el viento,
o como el fuego, o como el mar:
da apariencia de vida
a lo inmóvil, a lo paralizado.
Y el leño que arde,
las conchas que las olas traen o llevan,
el papel que arrebata el viento,
destellan una vida momentánea
entre dos inmovilidades.

Pero los que están vivos,
los henchidos de acción,
los palpitantes de nostalgia o vino,
esos... felices, bienaventurados,
porque no necesitan las palabras,
como el caballo corre, aunque no sople el viento,
y vuela la gaviota, aunque esté seco el mar,
y el hombre llora, y canta,
proyecta y edifica, aun sin el fuego.




II
Alucinación


Me acuerdo de los árboles de Dublín.

(Imaginar y recordar
se superponen y confunden;
pueblan, entrelazados, un instante
vacío con idéntica emoción.
Imaginar y recordar...)

Me acuerdo de los árboles de Dublín...
Alguien los vive y los recuerdo yo.
De los árboles caen hojas doradas
sobre el asfalto de Madrid.
Crujen bajo mis pies, sobre mis hombros,
acarician mis manos,
quisieran exprimirme el corazón.
No sé si lo consiguen...

Imaginar y recordar...
Hay un momento que no es mío,
no sé si en el pasado, en el futuro,
si en lo imposible... Y lo acaricio, lo hago
presente, ardiente, con la poesía.

No sé si lo recuerdo o lo imagino.
(Imaginar y recordar me llenan
el instante vacío.)
Me asomo a la ventana.
Fuera no es Dublín lo que veo,
sino Madrid. Y, dentro, un hombre
sin nostalgia, sin vino, sin acción,
golpeando la puerta.

                                Es un espectro
que persigue a otro espectro del pasado:
el espectro del viento, de la mar,
del fuego -ya sabéis de qué hablo-, espectro
que pueda hacer que cante, hacer que vibre
su corazón, para sentirse vivo.


José Hierro 1964

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Encuentras todas las entradas por categoría o autora específica:

Seguidores