11 oct. 2013

Obra de la semana: Death and the maiden - Egon Schiele


Egon Schiele y Walburga Neuzil se encontraron por primera vez alrededor de 1911. Al conocerse, Wally, como se le conocía a ella, tenía 17 años y presumiblemente ya había sido modelo de Klimt, mientras que él contaba con 21, y ya despuntaba como el pintor que buscaba entre la sofocante ciudad de Viena cuerpos femeninos jóvenes para retratar. A Schiele le intrigaba la insistencia con que, en especial la mujer púber, mira y explora su propio cuerpo cambiante y su propio vórtice psicológico. El pintor se abocaba con especial énfasis a la sexualidad que nos embate a lo largo de la vida.
Egon y Wally conformaron un binomio modelo- artista, y su relación se fue haciendo cada vez más cercana. Vueltos una suerte de amantes, entre 1911 y 1915 abandonaron y se establecieron en diversas ciudades y pueblos buscando tranquilidad y un ambiente idóneo para anidar su relación, pero encontraron siempre repudio social, pues retaban los esquemas morales. Juntos sobrellevaron la vida difícil, marcada de hambre e incertidumbre, que caracterizaba al artista.
Death and the maiden (La muerte y la doncella) narra el desenlace de ésta historia. A través de una epístola, Egon le dijo a Wally que finalmente se casaba con Edith Harms. La ruptura fue más difícil para Wally, se narra que en su última conversación Egon propuso viajar juntos cada verano; pero ni ella ni Edith lo aceptaron. Esa sería la última vez que se verían: Wally  se alistó como enfermera , y en 1917 falleció a causa de la fiebre escarlata.


La pintura retrata un abrazo débil. La piel de Wally es especialmente pálida, manchada y roja en sus coyunturas.No es la Wally que miraba intensamente con sus ojos verdes en los cuadros de 1912, o que configuraba posturas varias sobre el suelo; ahora se sostiene frágilmente con sus rodillas y se apoya en los brazos de Egon. Él la abraza desde la cabeza, se envuelve adquiriendo una forma casi fetal. La contrae hacia su hombro. Las manos de ambos, evidentemente huesudas, componen un enlace sin fuerzas físicas, que, sin embargo denota intenciones de aferrarse el uno al otro.
Pero ya no se observan. Wally tiene su vista enterrada en algún punto de su izquierda, bajo el mechón de su cabello. Egon le respira la coronilla, y su mirada se pierde en un punto indefinido, denotando la desolación destructiva de quien descubre una pérdida irremediable.
En ningún autorretrato suyo he visto una órbita tan dilatada, y creo que éste ojo es el foco emocional de la obra.

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